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Terra
La Coctelera

Jim Dinamita

En un día lluvioso, unas cervezas siempre te arreglan todos los males. Y si encima son en Vallecas, mejor.
La mejor opción para salir del encorsetado centro de Madrid y volver al momento más primitivo de tu vida, es sin duda dejarte caer por el Valle del Kas.
En la Avenida de la Albufera se divisan las tetas de Vallecas y ellas no sólo nos divisan a nosotros sino a las mejores vistas de la ciudad. Entrando en la calle Payaso Fofó se me agolpan tantos recuerdos en la cabeza que me cuesta respirar sin un cigarro y abro la ventana, aunque estamos a 9 grados.
Hacía tiempo que no pisaba el Jimmy Jazz, pero aunque sea un día entre semana, está como siempre. Una diana de dardos es el adorno más caro de la pared y cientos de minis de calimotxo apilados en la barra es lo más normal del día. Hoy no hay concierto, pero eso no le importa a nadie. 
Tenía que escribir esto porque en cuanto abrí la puerta empezó a sonar un clásico de los Burning y los acordes de Pepe Risi me guiaron amablemente hasta la barra para suplicar un mini de cerveza agradeciendo cómo algo tan absurdo puede alegrarte el día.
Jim Dinamita es el rock en estado más puro. Y, gracias a San Bon Scott, no todo el mundo sabe de qué coño estoy hablando. Por eso, a veces hay que huir del centro y descubrir los lugares más recónditos de Madrid, porque en ellos está la esencia, lo auténtico, la gente de verdad.
Y Vallecas no es más que eso, el alma de esta puta ciudad, lo poco que queda de la revolución, de lo que un día fue, las calles que te recuerdan que esto sigue siendo el foro.
Y no hay que ser gato para sentir eso. Hay que ser macarra y punto.

http://www.youtube.com/watch?v=i4s7qsMjKOM

Tú no sabes quién soy pero has oído mi nombre que suena en todas partes como un huracán. 
Jim Dinamita soy yo y voy a hacerte un coco y chulearte la piba por el morro. 
En La Elipa nací y Ventas es mi reino y para tú papá soy como un mal sueño.
A una guiri me tiré al salir del talego y me llenó de plata por todo ello. 
Oh, Jim. Oh, Jim. Oh, Jim. 
No dudes en buscarme cuando haya algún follón pues donde dios no existe allí reino yo. 
Alante en la avenida o en el callejón, donde tú más cameles te espero yo. 
Oh, Jim. Oh, Jim. Oh, Jim. 
No dudes en buscarme donde haya algún follón pues donde dios no existe allí reino yo. 
Si tu papá supiese nena dónde has de besarme cuando tú quieres verme a mí sonreír. 
Oh, Jim. Oh, Jim. Oh, Jim. 
Jim Dinamita soy yo, voy a robarte la amante. 
Jim Dinamita soy yo, soy mala compañía. 
Jim Dinamita soy yo, no soy buen amigo. 
Jim Dinamita soy, Jim Dinamita!




Buscando la paz

Me he comprado un libro.
Es lo que pasa cuando tienes tiempo para pasear y ronronear cerca de las tiendas más madrugadoras. Al final siempre acabas dejándote seducir por las "buenas ofertas".
En este caso, fue una compra premeditada.
Y no hay cosa más maravillosa que desear algo con todas tus fuerzas y tener dinero para poder pagarlo. En este caso tampoco era mucho, unos 15€.
Entré en una vieja librería de la calle Bailén que, por mucha competencia que le hagan las grandes superficies, una pequeña tienda tiene un carisma especial en el que no entran millones de secciones ni bolsas de plástico con el nombre. Paseé por sus pasillos repletos de libros en un orden caótico, mientras un suelo de madera rústica se quejaba por la edad.
Al final de la tienda, en una estantería en la que reinaba el cartel de Novedades encontré mi capricho del lunes. Llevaba días oyendo hablar de ese libro y por fin podía tenerlo.
Comprar un libro que deseas es todo un ritual: primero lo coges y lo miras por todas partes, acaricias las páginas que pronto te atraparán y lo hueles, yo al menos tengo esa manía, olerlo.
El sonido al fondo de la caja registradora me devolvió a la realidad y me apresuré, con mi libro entre las manos, a pagar mi nueva adquisición. 
Una mujer añosa y muy amable, me lo arrancó de las manos por un momento para devolvérmelo envuelto en una bolsa de papel marrón. Al salir a la calle, me enrosqué en mi bufanda y eché a andar calle arriba con mi libro a buen recaudo.
Después de un par de manzanas no pude evitar caer en la tentación de un buen café y el deleite de unas cuantas páginas.
Desperté de mi letargo literario cuando el tranquilo café empezó a convertirse en el bar de menú a 9€ de todas las oficinas cercanas. Agarré mi bolso y me marché enfadada, los parados deberíamos tener derecho a nuestros propios bares. En donde la gente no va de traje, ni pide de primero ensalada de pasta y de segundo escalope. Un lugar con luz tenue, sin televisión, donde suene jazz y sólo se sirvan cafés y licores, sin máquinas tragaperras ni conversaciones laborales. Un lugar que puede que esta tarde me dedique a buscar por las calles del foro.
Y si no lo encuentro, tal vez lo invente.
Yo sólo quiero leer mi libro en paz.

Introducción (al fin)

Hace exactamente una semana me echaron del trabajo.

Supongo que en los tiempos que corren no es algo extraño, pero a mí me pilló por sorpresa. Alegan crisis, reducción de personal, ajustes de presupuestos… el caso es que de repente te ves en la calle, parada, con gastos y en medio de una crisis mundial, personal, laboral y existencial. Pero de repente piensas en ¡todo el tiempo libre que tienes! y te cambia la cara.

Cuántos meses llevaba pensando en que estaba perdiendo el tiempo en ese trabajo, en la cantidad de cosas que había dejado de lado por tener un horario, en que mi vida estaba pasando por delante de mis ojos y me quedaban tantas cosas por hacer…

Es la visión positiva de una situación realmente jodida.

Intento madrugar para no sentir que estoy tirando mi tiempo a la basura. Y hoy, he salido a dar una vuelta a las 9 de la mañana. Al abrir la puerta, sientes cómo el frío te recuerda que sigues aquí y que tienes muchas cosas que hacer. Compartí mi primer cigarro con todos los que me crucé en la calle, con cara de cansancio y prisa, mientras yo me dediqué a caminar con una tranquilidad molesta. 

Luego me senté en una cafetería del barrio y me pedí un café con leche fría y sacarina, robándole a la barra un periódico gratuito que nadie quiere leer porque el titular de portada habla de crisis, otra vez, y esto empieza a aburrir. Decidí leérmelo porque total... 

La gente vive su rutina como un verdadero ritual. Y cuando por fin puedes parar y verlo todo desde fuera, te das cuenta de que realmente no merece la pena. Nos hemos convertido en esclavos del trabajo, por una sociedad consumista que exige a lo que forman parte de ella tener una casa, un coche, un ordenador y unas botas a la última. ¿Y realmente eso nos hace felices?

Sí, es cierto, necesitamos dinero. Sin dinero no puedes vivir. 

Por eso, decidí hacer algunas de las pocas cosas que todavía son gratis: pasear y hacer fotos.

El otro día un amigo me decía: "qué putada que te hayas quedado en paro justo ahora que empieza el otoño". ¿¿Putada?? es lo mejor que me podría haber pasado. Y habiendo paseado hoy mucho más porque tengo que decir que mientras todas las oficinas estaban llenas de caras largas yo he visto caer la primera hoja del otoño.

Y Madrid en otoño es la ciudad más bonita del mundo.